“Al fin, el sol”, dijo Glenda Orellana con una sonrisa dibujada en el rostro, luego de salir por la puerta estrecha del centro para deportados Bienvenido a Casa, instalado a un costado del Aeropuerto Internacional de El Salvador.
Sentir el calor del astro no es un simple capricho, la joven de 29 años permaneció encerrada por varios días en un centro de detención para indocumentados en los Estados Unidos, el cual ha sido acondicionado con bajas temperaturas para que las personas no suden, su hermetismo es tal que no se pude ver nada, ni el sol.
Al salir aún lleva puesto su suéter de color gris. Ahora ya no es necesario y comienza quitárselo. Recoge las escasas pertenencias que acumuló durante su estancia en el centro de detención y se sienta a esperar el microbús que la llevará a la Terminal de occidente, donde abordara el bus que la lleve de regreso a su natal Santa Ana.
Tras una breve bienvenida, el personal de migración de El Salvador abandona a las personas en las terminales de autobuses para que retornen a las ciudades de las que salieron huyendo por falta de oportunidades.
Como Glenda, decenas de salvadoreños llegan deportados desde Estados Unidos en al menos dos aviones por semana. Vienen con sus sueños rotos, cansados, la mayoría dice sentirse humillado y carga con la incertidumbre de qué pasará.
Arribo
Los repatriados llegan generalmente al mediodía, cuando el sol está en su máximo punto. Al cruzar la puerta del avión resienten el cambio brusco de las temperaturas, pasan del aire acondicionado al intenso calor que genera el vapor de la pista de aterrizaje.
En la punta de la escalinata se para un corpulento hombre negro, del equipo de seguridad estadounidense con una chumpa marcada con las siglas ICE en su espalda (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE.UU, en inglés). Este personaje con el talante de un vigilante intimidador se asegura que todos los viajeros bajen en orden del avión.
La mayoría de ellos camina por la pista de aterrizaje con el semblante triste, la mirada pérdida o simplemente ocultan su rostro con la parte interna de su hombro para no ser identificados.
Algunos llevan sus zapatos flojos, ya que en los centros de detención en los Estados Unidos les obligan a quitarse las cintas de los zapatos para evitar que se ahorquen.
“Esperando estábamos al (coyote) que nos iba a levantar, pero no llegó. Cuando los agentes de migración nos cacharon (vieron), nos corretearon y allí fue donde nos agarraron”, comentó Glenda.
Junto a ella viajaban otros siete salvadoreños, que provenían de diferentes zonas del país. De la redada realizada por los “border patrol” en el Estado fronterizo de Texas solo ella venía deportada, sus compañeros aún permanecen detenidos en los Estados Unidos.
“¿Qué le vamos a hacer? Por andar buscando una vida mejor”, expresó Glenda con suma tristeza.
Cifras de Migración indican que un total de 19.175 fueron deportados, un 5 por ciento menos respecto a 2008, cuando se registraron 20.203 casos.
El éxodo en El Salvador comenzó en la década de los ochentas en los momentos más álgidos de la guerra civil (1980-1992), que dejó unos 75.000 fallecidos, pero tras la firma de los Acuerdos de Paz el flujo de personas se mantuvo por la falta de oportunidades.
El recrudecimiento de las leyes de migración, las medidas de protección de las fronteras y la crisis financiera en los Estados Unidos son el principal factor para que miles de salvadoreños se despierten del sueño americano.
Bienvenida
A pocos metros del Centro Bienvenido a Casa se encuentra la salida principal del aeropuerto, donde decenas de personas se aglutinan con gozo a esperar a sus familiares que llegan al país, en contraste a la salida de los repatriados, en donde un pequeño grupo de personas se pregunta si habrá llegado con bien.
De este lado no hay regalos ni grandes maletas ni presunciones de venir de “norte”, se respira tristeza, incertidumbre e indignación.
“Los gringos pueden entrar cuando quieran aquí y ellos lo tratan como que es delincuente cuando uno entra allá”, dice una señora entrada en edad.
Otra señora llega con los ojos llorosos y dice “mi hija no va a salir por aquí, porque es menor de edad, tengo que irla a buscar en otra salida”.
Mauricio Silva, colaborador de prensa de la oficina de migración explicó que muchas personas son capturadas y luego deportadas desde los Estados Unidos sin que puedan, por lo menos, avisar por teléfono a sus familiares.
Silva recordó que una mujer había salido de compras a un supermercado cuando fue capturada y posteriormente deportada. Al llegar al país su primera petición fue hacer una llamada a la ciudad de Los Ángeles para preguntar como estaba su hijo con algunos meses de nacido.
La principal solicitud de los deportados es poder hacer una llamada telefónica para localizar a sus familiares dentro y fuera del país para comunicarles cuál es su situación.
Al llegar a su tierra también se quejan del trato que reciben en los centros para deportados en Estados Unidos, cuentan que los mantienen en lugares fríos para que no suden y no tengan que bañarse.
ESTIGMAS
Las cifras también indican que de los 19.175 deportados un poco más de 5 mil llegan con antecedentes penales.
La mayoría de los delitos se refieren a drogas, asaltos, alcoholismo, sexuales, ilegal reincidente y contrario a lo que suele creerse, solo ocho casos corresponden a pandilleros.
Rubén Alvarado Director de Migración dice que “tenemos que esclarecer que personas realmente tienen una calidad de peligrosidad para que no se juzgue a todas las personas que vengan con antecedentes como delincuentes”.
Existen otras instituciones no gubernamentales que mantienen proyectos de atención y capacitación de jóvenes en riesgo o marginados para ayudarles a insertarse en la sociedad.
El proyecto “Adiós Tatuajes”, impulsado por una Congregación de la Pasión de Jesucristo, funciona desde 2003 y han atendido a más de mil jóvenes, entre pandilleros y personas que tienen tatuajes artísticos, que les representa un estigma para encontrar un empleo.
“Hemos trabajado con jóvenes que han sido deportados y que tienen tatuajes, porque éstos son inconvenientes más sociales y laborales (…) la necesidad de trabajar y sentirse incorporados a algo es obligación para quitarse el tatuaje”, dijo Olga Morales, coordinadora del proyecto.
REMESAS
Unos 2,8 millones de salvadoreños residen en los Estados Unidos y a pesar de la recesión económica, el envío de las remesas continúa siendo la principal base económica de El Salvador.
Cifras del Banco Central de Reserva (BCR) indica que el país recibió 3,464.9 millones de dólares en concepto de remesas, una reducción de 8,5 por ciento respecto a 2008, cuando se recibieron 3,787.7 millones de dólares.
Las remesas equivalen a un 16,1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) dijo la institución financiera.
Olivia Murcia de 58 años de edad es una de las pocas salvadoreñas privilegiadas que no redujo su ingreso, pues ella no ha dejado de recibir dinero mensualmente de sus tres hijos.
“Mis hijos me mandan dinero cada mes y gracias a Dios no me ha bajado”, expresó.
Comentó que el dinero que recibe le sirve para los gastos de su casa, situada en la ciudad turística de Suchitoto, y para sufragar los costos del tratamiento médico para la artritis que le aqueja desde hace cinco años.
Dice que la cantidad de dinero que recibe –menor a los quinientos dólares- no compensa la soledad en que se encuentra, ya que sus hijos y su ex esposo residen en California y porque la enfermedad no le permite salir de su casa.
OPORTUNIDADES
Al llegar al país nuevamente los deportados se encuentran con la barrera del desempleo y la falta de oportunidades, algunos mantienen la convicción de marcharse nuevamente a los Estados Unidos.
Por ahora Migración exhorta a los deportados a participar en el Centro de Atención a Repatriados (CAR) donde pueden recibir capacitación en diversos campos, como computación, mecánica, panadería y cosmetología.
Las estadísticas del CAR indican que entre mayo de 2008 y septiembre de 2009 solo se capacitaron 38 de las miles de personas que fueron deportadas y ahora trabajan como agentes de seguridad, maestras de cocina, motoristas y en call centers.
En estos momentos Glenda está disfrutando el calor de los rayos del sol, pronto se reunirá con sus dos hijos -a los que dejó para buscar oportunidades de mejorar sus condiciones de vida- y esperará que la luz siga brillando ahora que esta de regreso en el país del que salió en medio de penumbras.


